lunes, 30 de noviembre de 2009

El piojo y la pulga se van a casar

Cuento I
Erase una vez una princesa. Bella como una estrella. Bien dotada y heredera de un gigantesco reino. Su padre era un rey sabio pero viejo. Y era su preocupación constante dejar a su hija en buenas manos cuando le tocase a El partir al encuentro de sus antepasados. Valientes príncipes desfilaron cortejando a la doncella y pelearon contra monstruos y complicadas vicisitudes para obtener su amor. Pero nada de lo que hicieron logró que la unigénita del Rey se fijara en ellos. Más de uno pereció en las fauces del dragón que custodiaba el castillo desde hacía mil años.

Una tarde de otoño la princesa caminaba por el empedrado que conduce al jardín, cuando se encontró con un sapo. Un sapo viejo y gordo, y que le hablaba. El sapo era afable y benevolente, e inspiraba confianza. El anfibio le habló de los tiempos y los lugares. Le habló de mil cosas que había visto en su larga vida. Y al oído le confesó ser un príncipe encerrado en ese cuerpo por una añeja maldición, y le propuso concederle tres deseos con tal de que le liberase de tal prisión, para lo que era menester tan sólo que le diera un beso, sin que mediará entre ellos más compromiso que ese contacto físico previo cumplimiento de los deseos de la princesa. La princesa deseo durante interminables segundos, mas de mil deseos antes de contestar afirmativamente. Estos fueron los deseos de la princesa:

1.- Deseó larga vida para su padre, prosperidad en su reino y salud para toda la corte.

2.- Deseó también belleza interior y gracia para ella.

3.- Deseó encontrar el amor en un hombre bueno y que el príncipe resultante de la transformación vaticinada lo fuese, a fin de haber encontrado al tiempo de sus deseos, al amor de su vida.

El repugnante contacto de los labios de nuestra princesa con la piel del sapo provocó fugaces lágrimas en sus ojos, que formaron un velo que, al disiparse, le dejó ver al príncipe más encantador que hubiese imaginado.

Nuestra princesa, con un padre renovado y un reino fuerte, fue feliz junto a su príncipe por mil años.

Cuento II
Este era una vez un príncipe. No como los príncipes de los cuentos de hadas, sino más bien parecido al príncipe del rap. No tan moreno, hablando español y con una idiosincrasia más cercana al Mercado Malibrán que a Manhattan. Nuestro príncipe tenía 34 años y rentaba en una unidad habitacional del INFONAVIT desde que sus padres lo corrieron de su casa por desobligado y flojo. Trabajaba ocasionalmente como ayudante de obra y por las madrugadas repartía diarios a pie en el centro. Carecía de pareja fija, si bien es cierto que sostenía encuentros ocasionales con alguna compañera de trabajo más que por sentimientos, por satisfacer necesidades propias de la naturaleza.

Una madrugada en que nuestro príncipe salía con un descomunal paquete de periódicos encontró, debajo de la escalera de acceso al edificio en el que vivía, una rana que le hablaba. Después de limpiarse las lagañas de los ojos hasta por tres veces, el príncipe escuchó a la rana dirigirse a él por su nombre y presentarse a sí misma como una princesa encerrada en el cuerpo de una repugnante rana. Le ofreció concederle tres deseos a cambio de que, con un beso, deshiciera la maldición que por mil años había pesado sobre ella y que la había convertido en el repugnante animal que aparentaba ser. Le dijo que ella estaba destinada a un príncipe bello como él y que esa era la forma de encontrar los dos el amor para siempre. La rana le prometió al príncipe esperar el tiempo que él quisiera a fin de no presionarlo en lo que tomaba una decisión.

Al cabo de doce días, el príncipe aceptó. Estos fueron los deseos del príncipe:

1.- Deseó salud y larga vida para El.

2.- Deseó ser inmensamente rico. (Si, más rico que Slim)

3.- Deseó un Camaro coupé y un Mc Laren a la puerta de su departamento.

Con mil dudas en la cabeza el príncipe besó a la rana que al instante se convirtió en una princesa de exuberante belleza y sin igual gracia. Se casaron y fueron felices algún tiempo, al cabo del cual la princesa empezó a reclamarle que el llegara a deshoras del trabajo, o con el más ligero aliento alcohólico, ella se negó a tener hijos para no perder su figura, lo engañó con el lechero, el de los periódicos (lógicamente nuestro príncipe ya no los repartía), el del gas y al final se divorció de él quitándole el 60 por ciento de su fortuna mas una jugosa pensión.

La última vez que se vieron en el juzgado de lo familiar él juraría que al voltear a verla, le vio cara de rana.

Lo que no es parejo, es chipotudo

Don Chema llego al pueblo allá por los años 50, traía un título de Ingeniero que había comprado en el distrito federal por 23 de aquellos pesos, y que le valió el pase directo a entrar a la Azufrera en un puesto de confianza, sin mas investigadera que la pregunta acerca de de donde era. –Del norte- contestó, y de inmediato le asignaron oficina, secretaria, camioneta, y un puñado de hombres con la encomienda de hacerle agujeros a la tierra a ver qué cosa encontraban. Con 26 años y la soltería brillándole por los ojos, el novel Ingeniero pronto fue noticia entre las muchachas y no tardó en encontrar una de buena familia, que vivía en la calle de atrás del Palacio, en lo que hoy llaman La Malinche.


Argemiro, su suegro, tenía una tienda bien surtida y gracias a ello su familia no pasó hambre después del terremoto del 57, pero quedaron tan maltrechos que al hombre le pareció muy bien mantener una boca menos y apenas vio que su hija mayor coqueteaba con el recién llegado no dudó en proponerla en matrimonio. Un terreno en las afueras, lo que hoy es el Deportivo, bastó para convencer al joven de que la idea era buena. En la boda solo tocó el organillero, y los invitados tenían que defender sus platillos de barbacoa de los perritos callejeros que tenían lo mismo de hambre que la gente en aquellos años posteriores al temblor. Ahorita que lo recuerdo, antes de que las motos y el chicle llegaran al pueblo, la Corona ya estaba ahí, por lo que las cervezas no faltaron en el jolgorio. La pareja vivió primeramente en el tejaban de lámina que le fabricaron al “Inge” cuando recién llegado.

Junto con el título, se había comprado una radio AM y onda corta, en la que se ponía a escuchar las emisoras cubanas que no pasaban música a ninguna hora del día, y que no estaban más que puro hable y hable.

Un día de verano de 1963, se armó el alboroto en el pueblo porque según iba a llegar el Gobernador a visitar los destrozos del temblor ya llevar ayuda a los damnificados que se habían quedado sin casa desde el 57, y que para esto ya se habían apropiado del derecho de vía de la carretera vieja a Chinameca, e instalado ahí palapas de palma con hamacas y asadores, y en los que ya se habían hallado y hasta feria organizaban una vez al año.

Resultó que había que armar un templete de madera, lámina o lo que fuera, para que el Gober se subiera a dirigirse al pueblo, y buscaron al joven Chema, para que con sus amplios conocimientos de ingeniería dirigiera al grupo de obreros encargados para tal fin. Con tan mala suerte que había que armar el estrado pero nadie habló de darle materiales, así que en ese momento Chema y su gente se apresuraron a quitarle varias laminas al tejaban, tomaron unos polines del corral improvisado que su mujer tenía enfrente, y con ellos armaron un estrado al lado del tejaban.

Llegada la hora del discurso, el Gobernador subió al endeble templete ayudado por el comisariado ejidal y el agente municipal que ya andaban a medios chiles desde la mañana. Lanzó un discurso al que no se le entendió nada, sería porque habló en perfecto español y la mayoría de la raza aún hablaba dialecto, y los que masticábamos el español lo hablábamos tan mocho que ni reconocíamos lo que decía el gobernante. En un momento fue tanta la gente que se subió al podio para poder estar cerca del político que los polines se quebraron y fueron a dar al suelo los policías, el agente el comisariado, el Gober y un señor trajeado que lo acompañaba y que se apellidaba López o algo así, y que parecía que hasta le daba órdenes a nuestro Gober. El chiste es que de la enlodada que se pegaron, el tal López le dijo algo al oído al Gober y de repente éste anunció que al día siguiente se iniciarían los trabajos de construcción de la Plaza de los Caídos, ahí mismo donde dieron el zapotazo. Como la gente aplaudiera, el agente municipal se envalentonó y anuncio así mismo, que al parejo con la obra de la plaza, se daría inicio a la pavimentación con concreto hidráulico de la calle. La gente no entendió que era eso del concreto hidráulico pero igual aplaudió, y acordaron en ese momento llamarle Morelos a la primera avenida del pueblo.

Para esto, Chema, preocupado por sus polines y tratando de explicarle a su mujer que el corral iba a tardar en reponerse, no escuchó el anuncio, y no se dio cuenta sino hasta el otro día en que, alrededor de su casa empezaron a llegar hombres con palas, picos y carretillas a excavar para los cimientos de la plaza y emparejar la recién anunciada calle. Al cabo de pocos meses, la nueva avenida quedó inaugurada junto con la Plaza, y al lado de ésta, Chema quiso pedir a los encargados de la obra el material sobrante y con ello remodelar su vieja galera. La calle se lleno muy pronto de transeúntes y de asiduos visitantes a la plaza, y Chema decidió revivir el giro de negocios de su ya extinto suegro, y puso una tienda de abarrotes – mercería, que siempre estaba llena porque ahí era a la única a la que se podía llegar en el camión de pasaje.

La Plaza carecía de glorieta para dar vuelta, así que los autobuses que llegaban a razón de dos al día, tenían que estacionar y esperar a llenarse de pasaje en el patio de Chema, con el paso del tiempo le solicitaron permiso para pavimentar su patio y hacer una barda para resguardar las unidades que por razones diversas de pronto tuvieran que pernoctar en el pueblo. Una de ellas un día se descompuso y al no tener visos de para cuando componerse, la dejaron por tiempo indefinido en el traspatio. Chema solicito que lo apoyaran para decidir qué hacer con el autobús en desgracia y los dueños de la cooperativa le regalaron el cascajo del bus para que lo vendiera por kilo, como fierro viejo. Cuando lo vio rodando remolcado por un tractor, Chema decidió componerlo, y al cabo de dos meses, ya tenía su propio autobús incluido en las líneas que transitaban del Puerto a la Sierra.

Empezando la década de los setentas ya era Don Chema, y al tener la casa con el traspatio más grande del pueblo y ser el único residente dueño de varios camiones, no tardaron en elegirlo alcalde del recién estrenado municipio que ya había dejado de ser villa.

En tres periodos lectivos consecutivos como autoridad municipal Don Chema se hizo de dos ranchos, un automóvil Mercedes, cuatro casas, dos queridas y 74 ahijados. Era el tiempo de expansión de la empresa petrolera nacional y el ayuntamiento cobraba todos los derechos de vía de la paraestatal que pasaran por territorio municipal, a precio de oro. Una vez terminado el tercer periodo como alcalde, lo hicieron diputado local y después diputado federal, al mismo tiempo que secretario general del Sindicato Azufrero, empresa de la que se jubilo a los 43 años de edad. Con los tiempos modernos la modesta tienda de abarrotes inicial se volvió un conjunto de negocios y la Plaza de los Caídos se convirtió en el Parque Central. Vinieron las bombillas de vapor de sodio, el Teléfono y el Atari y los niños dejaron de jugar en las calles. El otrora pueblo tranquilo y peatonal se volvió una ciudad bulliciosa en la que Don Chema se halló cada vez menos.

Se volvió irritable y se alejó de la vida pública. Dicen los vecinos que hace poco que vino otro político al pueblo, casualmente también de apellido López, se volvió a caer el templete a medio discurso, y las malas lenguas argumentan que Don Chema lo mandó a hacer con los mismos polines viejos que tiraron al Gobernador en el 63, quién sabe si será cierto.

El caso es que Don Chema se mató el día de ayer domingo después de la misa de once.

Sus tres hijas viven en Estados Unidos y no van a alcanzar a llegar al sepelio. Por un lado que bueno, porque dice el forense que del balazo que se dio en la cabeza ni la cara se le reconoce.

Por lo pronto, los de la cooperativa empezaron a demoler hoy la barda del estacionamiento de los autobuses.

sábado, 21 de noviembre de 2009

El sonido de las luciérnagas I

El psicólogo pretendió que a ella le explicara el por qué de los premios y castigos. Que le explicara, claro, de manera que ella pudiera entenderlo, el complicado mecanismo de la naturaleza humana, multiplicado por cada vez que yo lo accionara.

Y cuando me preguntaron – Y a ti… ¿Quién te educó?- la primera respuesta que se me vino a la mente no fue mi padre, rector inamovible de mi forma de vivir, ni tampoco mi madre, quien desde la tierna infancia hasta lo que calculo sea el fin de mis días me representará el lado amable de la vida. Lo primero que se me vino a la mente fue una vara de tamarindo que mi madre guardaba tras la puerta de la cocina, y a la que tenía yo un miedo cerval. Creo que esa es la respuesta.

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La pregunta surgió como si la más mínima cosa, muy a propósito de un café, mientras desayunábamos bísquets en el aeropuerto. -¿De qué lado tienen el asa las tazas?-. Así, a quemarropa. Lujuriamos la dichosa taza al frente, derecha, atrás, izquierda, sin encontrar una justificante para que el fabricante pusiera de un lado específico el accesorio. Ningún lado es preciso y cualquier lado es válido. Caray, - pensé- lo que es de todos no es de nadie.

Después de unos minutos de absoluto silencio comentó Julián con la naturalidad que da el ofrecer una respuesta indiscutible y sin oposición válida. - Las tazas tienen el asa por el lado de afuera-. Después abordamos el avión.

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Ah, ¿le gustan las mujeres? ¿Es entonces Usted un arquitecto lesbiano?

miércoles, 18 de noviembre de 2009

¿Por qué las mujeres la hacen de jamón? (Parte I)

Si, si ya lo sé. Este tema ya esta trillado y hace poco incluso lo sacaron a colación en el noticiero. Pero este es mi blog y aquí escribo de lo que me viene en gana a la hora que yo quiera, así que se aguanta Usted. Bueno, volviendo al tema, a continuación trataremos de darle una disertación racional y comprensible para la mayoría, a uno de los mayores enigmas de la civilización, un enigma más grande que el monstruo del Lago Ness, un intríngulis más difícil que la maldición de Tutankamón, una respuesta más enigmática que las del Oráculo de Delfos, una interrogante mucho más importante que el Ser o no Ser. Y esto es….

¿Por qué las mujeres la hacen de jamón?

Cualquier individuo del género masculino que haya convivido con una mujer sabe de lo que le hablo. Hasta Usted, que se hace tonto. He realizado encuestas con pilotos de Fórmula Uno, con afamados vaqueros de rodeo, con el comandante del Apollo 13, y hasta con los urbaneros de la colonia Trópico, y todos coinciden en que lo más difícil de manejar es la relación con una dama. Y es que las féminas son algo especial. ¡Hey! ¿Por qué diablos piensan todas ustedes que la misoginia me domina? No señor. No soy misógino. Al menos hasta en tanto se demuestre lo contrario, vivimos en un país de derechos. Esto es una realidad. No hay forma de tenerlas contentas. Aquí varios ejemplos.

Una discusión, cualquiera. Del nivel que quiera y en el plano que se le antoje. Si tenemos razón, jamás lo reconocerán. Ellas deben decir la última palabra. Siempre. Ellas deben tener razón. Y no porque la tengan. Tampoco porque la quieran imponer. Es tan solo porque si creen que la tienen jamás las convenceremos de lo contrario, y así como una gota de agua llega, con su constancia, a horadar la más dura roca, así nos estarán jode y jode hasta que les demos la razón que creen tener. Y si por alguna razón llegan a la conclusión de que No la tienen, siempre estará a la mano el recurso de las lágrimas, y entonces les daremos la razón aunque no la tengan. Tengan o no tengan la razón, sea o no relevante el tema que se toca, la harán de jamón hasta que el asunto quede a su entera satisfacción. Jamás intente ganarles una discusión, es inútil. Si de verdad aprecia usted su tranquilidad diga a la mitad de las cosas que sí, hable de los enormes beneficios de las decisiones de Ella en una cuarta parte de las cosas, y en la cuarta parte restante presente usted una resistencia tan débil que sea vencida con la primera andanada de sus argumentos. Se ahorrara usted mucho tiempo del que puede invertir en ver el Súper Bowl o beber cerveza, y no despertará sus sospechas. No se le ocurra despegarse un ápice de estas instrucciones porque se arriesga a que se la hagan de jamón hasta que le salgan a Usted piedras dentro de las piedras del hígado. Y un consejo de Oro: no intente bajo ninguna circunstancia terminar una discusión por la vía del knock out. Jamás. Ni a favor ni en contra. Si intenta usted argumentarle de tal modo de acabar con ella rápidamente, se levantará una y otra vez y recurrirá a lo que sea para no quedar mal. Si por el contrario, usted decide hacerse el muerto y se tira a la lona al primer derechazo, ella se dará cuenta de que finge sordera para terminar con el pleito, y le molestará hasta que se levante Usted a seguir peleando.

Las compras y los vestidos. ¿Le acompañará de compras? Antes vaya Usted y cómprese una revista. No olvide ir de tenis, estará mucho tiempo parado. Se probará los vestidos más feos tan sólo para verificar que esté Usted poniendo atención. Intentará llevarse lo más caro que haya en la tienda. Le obligará a fungir de crítico de todo lo que se pruebe. Damas: ¿acaso no se dan cuenta de que como decía Rudyard Kipling “todo está en el estado mental”? si piensan que se ven bonitas, seguramente lo están. Si piensan que no les queda bien, lo más seguro es que les quede terrible. En fin. No se dan cuenta, ya lo sé. Seguimos. Mucho cuidado con las expresiones faciales, debe Usted ser una estatua de mármol. El error de levantar una ceja, torcer los labios, dar un suspiro mal acomodado mientras observa lo que ella se mide, puede acarrearle otras cuatro horas de deambular por las tiendas. No. Sea Usted un verdadero artista de la gesticulación. Aguante estoicamente un par de horas, al cabo de las cuales, empiece a elogiar los vestidos, faldas, blusas, etc, indicando apenas pequeños detalles imperceptibles que nadie observará tales como la costura interior de la valenciana, la etiqueta que queda por dentro o cualquiera de esas pequeñeces que no le irritarán. Piense que esto es solo una vez al mes, y por una vez al mes usted es capaz de aguantar lo que sea. ¿Entendió? Lo que sea.

Las culpas. Aquí es donde Usted se sentirá desgraciado a más no poder. Es en este tema en donde pierde sentido vivir. Caso número uno: la culpa es suya. Si, de Usted mi amigo. Ella le echará en cara su culpa. Que si perdieron el autobús, que si no consiguió a tiempo el boleto de teatro, que si llegaron 5 minutos tarde a la función del cine. Todo cuenta. Nada escapa. Nadie está exento. Y esto mi amigo, es intemporal y universal, ocurre y ocurrirá en cualquier sitio y una vez que sucede durará para siempre. Pasarán los años y ella le echará en cara que usted no le avisó que se había chispado el botón de su falda y ya andaba enseñando el medio fondo, siendo que Usted no se lo dijo porque la vez pasada que lo hizo, ella lloró semanas enteras porque Usted se atrevió a insinuarle que está gorda. Recuerde, nada vale, todo cuenta, resígnese. Si es su culpa mi amigo, cargará con ella por Mil años, o lo que le quede de vida, lo que ocurra después.

Caso número dos: la culpa es de ella. Entonces usted tiene la opción de echárselo en cara, por lo que ella se molestará y se irritará al grado de que la princesa con la que se ha unido de repente se volverá Hulk el hombre verde. Se defenderá y por último utilizará el recurso de las lágrimas públicas y las confesiones a sus amigas, lo que lo dejará a Usted en un papel de malvado tal que Osama Bin Laden parecerá un párvulo comparado con Usted, mi amiguito. Si por el contrario usted decide callarlo y pasarlo por alto, ella se molestará porque Usted se da cuenta de las cosas y no le dice nada. Es muy posible que se lo reproche y puede que el asunto llegue nuevamente hasta las lágrimas, y usted a una condición por demás está decirlo miserable.

En fin mi estimado. No se ha salvado Usted. No se salva o no se salvará. Lo que ocurra primero.

¿Caramba, que hoy no vamos a dormir?

Tienes el valor o a ti también te vale

Muchas veces he pensado en el valor. En el valor desde muchos puntos de vista, desde muchos enfoques. En el valor como adjetivo, como propiedad inherente a las personas, como añadido a las cosas que hacemos o tenemos. En el valor como estandarte o como moneda de cambio.

Muchas veces he pensado en el valor.

Cosa curiosa. Las mas de las ocasiones lo que más vale es lo que más cuesta en monedas tan extrañas y variadas como seres humanos habemos en el planeta. Muchas veces he pensado en el valor como propiedad consustancial a las cosas que hacemos.

Tienen valor las cosas que hacemos, a mi punto de vista, si las hacemos valer, es decir, si cumplen su cometido. Si definitivamente no cumplen su cometido o tan solo lo cumplen parcialmente, las cosas carecerán de valor. Al menos del valor que le hemos estimado. De ahí que puedo deducir que hacemos cosas que valen por el cometido que alcanzan a cumplir. Hacemos cosas que valen no por las ganas o el sufrimiento que hayamos puesto en hacerlas. Sino en su objetivo cumplido. De ahí que existan cosas que cuesten mucho y valgan poco, tal es la paradoja, porque a mi parecer, su valor reside en lo que hayan logrado en sí mismas, no en el esfuerzo o ganas que les imprimimos. Eso nos mueve definitivamente a hacer las cosas más con la cabeza que con las vísceras, a fin de que sirvan, cumplan, y por ende valgan. Queremos hacer cosas de valor… ¿Qué, usted no?

Las cosas que tenemos tienen valor también. Su valor esta medido en función no de lo que nos han costado, tampoco del cometido que cumplan, aquí la vara para medirlas es un tanto diferente. Su valor está medido en función de lo que nos costaría obtenerlas si las perdiéramos. ¿Ve usted que el enfoque es diferente? Bueno, así somos los humanos, de una cosa pensamos algo y de otra cosa pensamos de manera diferente, es decir, desde enfoques distintos. Las cosas que tenemos, no valen en función de lo que nos costaron, no valen en función de lo que las hemos deseado. Las cosas que tenemos valen en función de la rareza con la que existan en nuestro universo. Eso finalmente le ha dado valores monetarios a las cosas materiales, y no es más que la vulgar relación oferta–demanda.

La sarta de boludeces que pensamos vale por la utilidad que posee en sí misma. En este momento hay muchas personas en el mundo con el cerebro lleno de chatarra (Usted mismo que pierde su valioso tiempo leyendo este blog, aunque no le guste reconocerle, je je, y por supuesto, yo por escribirlo). Pero no divaguemos de nuevo. Los pensamientos valen por lo que sirven. Y aquí por supuesto el enfoque es social. Puede Usted pensar en lavarse los dientes y eso tendrá un enfoque tan social como sociedad se le puede llamar a la sociedad formada por una sola persona, es decir, Usted mismo. Pero puede usted también en realizar obras o acciones de verdadero beneficio colectivo. Quien ha pensado en obtener grandezas jamás se ha visto a si mismo sólo en una habitación con todos sus logros. Necesita forzosamente compañía. El ser humano es un animal social. Ya sea por ayuda, reconocimiento, o simplemente necesidad de compañía, el ser humano necesita a los demás. Aunque no le gusten, aunque le caigan mal, Usted necesita a los demás. ¿Ah no? ¿Vivirá usted aislado? Si como no. Y mi bisabuela en un patín del diablo.

¿Valemos las personas? Bueno, unos si, otros no. Hay de todo. Soy sarcástico al comentar esto. Todos valemos, pero hay unos que valen muy poco, je je. ¿En función de qué valemos? ¿De lo que logramos hacer? ¿Material o espiritual? ¿Combinamos? Aquí, dicen en mi rancho, es donde la puerca tuerce el rabo. ¿Por qué demonios valemos? Pues bien, somos una amalgama, dice mi teoría. Una mezcla de todo lo anterior. El ser humano es muy complejo. Cada quien, si lo piensa bien, pudo haber sido soldado, médico, maestro, ingeniero, músico, cirquero, bombero, policía, etc. Nacemos con un sinfín de posibilidades y el tiempo limitado para ejercer solo algunas. Hay quien abarca, hay quien dedica. Ambas cosas son interesantes y ambas cosas cuestan y a mi parecer, ambas valen. Pero hay quien simple y llanamente decide no ejercer ninguna de ambas posibilidades. No abarca siendo el cúmulo de cosas que podría ser. Tampoco se dedica a ser lo que es. Es solo una hoja al viento. Hay muchas personas así. ¿Es Usted de ellas? ¿No? Qué bueno, le felicito. Si lo es, cambie. De verdad, más allá de lo que dicen las fábulas, imagínese lo triste que debe ser, al morir, llegar al día del juicio, y a pregunta expresa del juez supremo acerca de lo que hemos hecho en vida, no tenga Usted algo que valga la pena contar.

Haga, deshaga, viva, corra, ríase hasta de sí mismo, construya, váyase de pinta, forje un patrimonio, haga fuertes inversiones en el corazón de sus hijos, Valga, pues.

Tiene Usted el Valor……¿o Usted tampoco Vale?